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La Maratón del Meridiano (El Hierro). Por Miguel Ángel Zafra

La Maratón del Meridiano (El Hierro). Por Miguel Ángel Zafra

Hace 6 semanas, cuando me rebotaron el dorsal, nunca podría haber imaginado que, además de descubrir que El Hierro es una isla maravillosa, iba a descubrir además un nuevo yo.

Miro a mi alrededor con cara de niño curioso, nunca había estado en la salida de una maratón de montaña y no quiero perderme nada. Pronto me doy cuenta de que se masca más tensión de la normal; las predicciones meteorológicas de los últimos días no han fallado y, aparte de la lluvia que acaba de volver a hacer acto de presencia, la bruma, la gran humedad típica de la isla y las ráfagas de viento muy fuertes nos acompañarán en el día de hoy.

La salida está en el pueblito de Tigaday, que tan amablemente nos ha acogido durante los días previos a la carrera. Todos los vecinos y familiares nos arropan en esta mañana atípicamente desagradable aquí en Canarias. Antes de la salida neutralizada parece que para de llover e incluso el Sol intenta aparecer tímidamente. En cuanto dan el pistoletazo de salida nos alejamos del asfalto y nos metemos sin dilación en la montaña Herreña.

Subida a El Golfo

El primer tercio de la carrera es una subida de 8 kms, donde pasamos de una altitud de 205m a 1039m. Es impresionante como en una isla volcánica tan aparentemente infértil, pueda surgir “mágicamente” un bosque tropical. La primera parte de la subida (5km aprox.) es por sendero y el resto por pista forestal. Es un paisaje que te deja con la boca abierta, precioso, de un color verde brillante que poco vemos en la Península. A algunos corredores nos llama la atención el sonido sordo de las pisadas rítmicas mientras avanzamos sendero arriba, causado por esa mezcla acolchada de zahorra, hojas y ramitas que vamos prensando con nuestras zapatillas como un ciempiés multicolor.

Vamos a buen ritmo, el pelotón se comienza a estirar y cada uno acomoda su posición a su propio ritmo. Aquí es donde veré por última vez antes de la meta a mis amigos Diego y Azpi, nos damos ánimos mutuamente y mantenemos lo acordado de que cada uno haga su carrera al ritmo que le resulte más cómodo, ya que hoy la aventura será lo suficientemente larga y dura como para arriesgarnos a no estar cómodos por el hecho de hacernos compañía.

 

En cuanto llegamos a la pista forestal se empieza a estirar la carrera. Los compañeros con los que a ratos voy compartiendo algunos metros nos permitimos incluso trotar en los tramos menos empinados. Me sorprende muchísimo encontrar en el avituallamiento de la cima (km 8) a nuestro amigo canario Richard, todos sabíamos que él está fortísimo y además juega en casa, pero lo que aún yo no sabía es que en ese exacto momento me estaba tocando el premio gordo de la lotería…

En 15 segundos Richard me hace un mini briefing del siguiente tramo y me doy cuenta que el descenso hasta Sabinosa son 7 km compuestos de un sendero MUY divertido seguido de la ladera de un pequeño cráter volcánico. La parte del sendero está dentro de un bosque tropical muy similar al de la subida. Es algo técnico, con barro y algunas piedras, pero sin grava suelta. Richard va abriendo camino y yo le sigo a distancia prudencial. Ambos somos pequeños y ágiles y, aunque yo no estoy acostumbrado a este tipo de terrenos y mi calzado minimalista no es lo ideal para clavar talón, bajamos a buen ritmo (no fui consciente de que íbamos por debajo de 5 min/km hasta que no miré el track GPS horas después) y consigo no perderlo de vista durante este tramo de bosque. En esas estamos cuando de repente salimos del bosque y ¡pum! nos encontramos a cielo abierto, bajo el sol canario y pisando una grava volcánica negra que nos hacía derrapar en cada una de las “zetas” que nos llevaban hasta el avituallamiento de Sabinosa. ¡Cuánto me he divertido! Creo que la mejor manera de medir el grado de diversión de una bajada es contando los salpicones de barro que llevas en las piernas o los kilos de arena dentro de las zapatillas. ¡Y creedme si os digo que cuando llegamos abajo me tuve que sentar en la acera a sacarme un buen puñado de tierra canaria de ellas!

En el avituallamiento aprovechamos para cargarnos de moral con el equipo de animación que nos acompaña en la isla y por supuesto para reponer líquidos y fuerzas. Los avituallamientos de la organización fueron perfectos durante toda la carrera. Además de los típicos líquidos y sólidos de este tipo de carreras tuve la suerte de probar por primera vez el gofio* canario, ¡todo un descubrimiento! Desde aquí hago un llamamiento a las marcas de nutrición deportiva del mundo: haced barritas de gofio, ¡lo vais a petar!

Subida al sabinar

Ha pasado ya un tercio de la carrera y comienza el segundo de los 3 picos del recorrido. La subida hacia el sabinar es una subida de apenas 3 kms donde meteremos otros 580m de desnivel positivo. Richard y yo seguimos avanzando juntos y decidimos que aquí vamos a darle tiempo a las piernas a recuperarse de los excesos de la bajada anterior. Llevamos un ritmo de subida muy cómodo y rítmico. Vamos hablando todo el rato. Ambos reconocemos que probablemente no deberíamos haber apretado tanto en la bajada anterior, ya que la verdadera carrera empieza en el km 24, pero sin duda la diversión ha merecido la pena. Le comento a Richard mis dudas sobre si terminaré o no la prueba, es verdad que en esos momentos tengo unas sensaciones buenísimas, pero también sé que voy corto de preparación y he entrenado poco desnivel, él me responde que no tiene ninguna duda de que los dos vamos a llegar a meta.

Segunda subida terminada, los 50 minutos se me han pasado en un santiamén gracias a la amena conversación que llevábamos, a ratos con otro corredor, formando un trío casual. Nos espera una bajada de unos 20 minutos y una subida tendida de otros 30’ donde el paisaje casi sin vegetación nos va dejando entrever que estamos atravesando algunas de las crestas más expuestas de la Isla. Las prometidas ráfagas de viento por encima de 40 km/h hacen su aparición y cada corredor empieza a medir sus fuerzas y adoptar el ritmo de carrera más adecuado a sus piernas. Atravesamos el paraje de las sabinas, un paisaje tan espectacular como escalofriante: árboles que han sido moldeados con las formas más peculiares por el efecto del azote del viento a lo largo de los años. El cortavientos se hace indispensable aunque aún no hayamos entrado completamente en las nubes y el sol nos siga dando algo de luz (y calor).

 

 

Llega la hora de la verdad, km 24, casi el último punto de animación popular es el avituallamiento del Santuario de Nuestra Señora de los Reyes, a partir del cual empezará la verdadera “fiesta”. En el avituallamiento vuelvo a alcanzar a Richard que me pregunta por mi estado y me explica que a partir de aquí la cabeza es fundamental porque es donde empieza la verdadera carrera. Nadie va entero, ni nadie está vacío, pero somos capaces de auto convencernos de lo uno o de lo otro.

Cruz de los Reyes

Salimos del Santuario hacia la que será la tercera y última subida de la maratón. La más larga y dura con 9 kms y +800m de desnivel, que nos llevará hasta el Puerto de la Cruz de los Reyes en el Km 33, con un avituallamiento intermedio en el km 28,8 (Humilladeros). Según salimos la Isla nos muestra enseguida cómo va a ser el resto de carrera y una auténtica pared de terreno mal empedrado nos da la bienvenida. Manos a los cuádriceps y a pensar en cosas positivas mientras nos vamos merendando metros de desnivel y kilómetros de recorrido. Es una rampa interminable. Intento auto-animarme con cada pequeño descanso que nos da el terreno y subdivido la subida en tramos. Juego también a no perder de vista a Richard, aunque no siempre es posible ya que la distancia empieza a ser cada vez mayor. Él está muy fuerte y aquí es donde más se nota. Mis piernas empiezan a hacerse pesadas.

Según vamos subiendo empezamos a entrar en las nubes. En pocos minutos estamos envueltos por una niebla espesa que te empapa completamente y que no te deja ver más allá de 25-30 metros. A ratos nos llueve ligeramente, pero lo que sin duda cambiará completamente el panorama de la carrera es el viento. Las ráfagas, aún intermitentes, se iban haciendo más fuertes según íbamos aumentando la altitud. Empezaba a ser demasiado frecuente ver a gente en sentido contrario que había decidido abandonar la carrera y buscaba un refugio. Lejos de hundirme, me sentía aún con fuelle, al menos para llegar a la siguiente mini-meta. El único pensamiento que dejaba permanecer en mi mente era llegar al avituallamiento intermedio del km 28, donde además de la comida y bebida me esperaba algo de ropa seca que la organización nos había subido hasta allí.

Para cuando llegué allí iba ya bastante mojado. Aunque no había sentido frío en ningún momento decidí parar a cambiarme la camiseta. Mientras lo hacía, Richard terminó de avituallarse y se despidió de mí, continuando su carrera para no enfriarse. No sé cuánto tiempo tardé en cambiarme, intenté ser rápido pero los imperdibles del dorsal (¡error no llevar porta dorsal!) y las manos entumecidas por el frío no se llevan demasiado bien. Cuando arranqué llevaba el frío metido en el cuerpo. Pasé aproximadamente 1 km pensando si me había equivocado al cambiarme, no conseguía entrar en calor y las manos las llevaba heladas. Pero entonces llegó el km 30,5 y la pendiente nos dio una tregua. Empecé a trotar, aunque no tenía piernas. No sabía si aquello me iba a dejar sin fuerzas para la última bajada, pero necesitaba entrar en calor rápidamente.

Entonces fue cuando se desencadenó el infierno. El siguiente avituallamiento estaba en el punto de mayor altitud (1.500m) del recorrido (y de la Isla), km 33.5 la Cruz de los Reyes. Para llegar sólo teníamos que seguir la cresta y un último repecho de 1km, pero el clima tenía otro plan más divertido para nosotros. La niebla se hizo más densa, no nos permitía ver más allá de 10 metros y las ráfagas de viento eran de hasta 70 km/h. Cuando eran laterales nos zarandeaban literalmente y nos echaban hacia los límites de la pista. Me di cuenta de que el punto de no retorno ya había pasado. Me refugié dentro de la capucha del cortavientos y me encerré en mi propio mundo. Para entonces la sensación térmica era de entre 0 y 5 grados y mi única preocupación era no bajar la temperatura corporal. Anduve, troté, corrí. No sé cuánto tiempo hice cada cosa. Lo único que sabía era que aquel no era lugar para abandonar una carrera, y no lo hice.

Y allí estaban, la cruz, el avituallamiento y Richard, otra vez. “No hay más subida, Migue. Ya lo tenemos hecho”. Y sólo ahí fue cuando me di cuenta de que esta carrera ya no se me iba a escapar. Bajamos y llaneamos durante un buen rato para acercarnos hasta el km 37,5 donde empezaba una bajada en zigzag por un acantilado terrible de -1000m en menos de 5kms. Pero ya no me importaba, ¡era todo para abajo! Entramos en un bosque tropical tan bonito como el del principio, que además nos protegía del viento, y desde el cual las vistas daban al mismo pueblo desde el que salimos 6 horas antes. Y por si fuera poco ¡se oía hasta la megafonía de meta!

Ya nada molestaba; que me adelantasen como motos algunos corredores, que estuviese solo casi todo el tiempo, que los calambres en los “isquios” me obligasen a caminar gran parte del tramo. Daba igual, estaba llegando a meta. Poco me importó tardar una hora en esos últimos 5 kms.

En cuanto dejé el bosque y reconocí las primeras calles del pueblo, automáticamente salió el “asfaltero” que llevo dentro. Paso ligero y técnica de carrera bien presente. No tenía intención de entrar en meta andando después de tanto sufrimiento. Pero, amigos, en carreras así los planes sólo sirven para disfrutarlos mientras se hacen, en nuestras cabezas. Porque en cuanto divisé al fondo el arco de meta, y por primera vez en mi vida, la emoción pudo sobre la alegría de terminar una carrera. No sé durante cuánto rato lloré, sólo sé que por momentos me faltaba el aire para correr. Y sólo quería correr lo más rápido posible para pasar bajo el arco.

De los momentos sucesivos a la entrada en meta solamente recuerdo claramente tres cosas: la gran sed que tenía, el dolor de piernas y el abrazo inmenso con el que me fundí con Richard sobre la alfombra naranja, y con Deborah, Fany y el pequeño Mateo que estaban entre el público. De esas tres cosas, una me duró unos minutos, otra me duró algunos días, pero una de ellas me la llevaré en mi memoria para toda la vida. ¿Adivinan cuál es cada cuál?

 

Migue.

 

 

PD: Quiero agradecer inmensamente a Diego y Anita que me regalaron esta aventura, nunca mejor dicho: un paraíso al improviso. Gracias también a Deborah y Azpi y al resto del equipo canario, que nos hicieron sentir como en casa, al sur del Sur.

2018-03-07T23:27:16+00:00